Lo que pasó en la ducha aquella vez

Lo que pasó en la ducha aquella vez

El vapor no llegó a llenar la sala de baño. La ducha corría, pero el agua no había empañado por completo el espejo sobre la lavabo. En la cabina, ella permanecía de pie, de espaldas a la puerta, con el torso ligeramente inclinado hacia el chorro. Sus pies descansaban sobre la alfombrilla de dibujos morados y negros, y el moño de su pelo recogido se mantenía intacto, alto en su cabeza. Los hombros le relucían mojados bajo la luz del techo. En la repisa, junto a varias botellas de colores, el consolador rosado permanecía seco, inmóvil. Los primeros minutos pasaron con ese único movimiento, el del agua cayendo sobre su espalda y escurriendo por su piel.

Ella se quedó de espaldas

Luego, giró sobre sus talones, abandonando el flujo directo del agua. Su mirada bajó hacia el hombre sentado en el suelo de la ducha, con la espalda apoyada en la pared de la cabina. Él estaba allí, con sus jeans oscuros ya manchados por las salpicaduras, observándola. Sus piernas, con la piel oscura y un vello visible, estaban flexionadas. Sin prisa, ella se agachó, doblando las rodillas hasta quedar a su altura. El agua de la ducha ahora le caía sobre un hombro, empapando aún más su cabello recogido. Se inclinó sobre él, acercando su rostro al suyo, mientras una de sus manos buscó apoyo en el muslo enfundado en la tela azul de sus pantalones. La lejjada colgaba en su sitio, goteando sobre ambos.

Minutos después, su postura cambió de nuevo. Su cuerpo se hundió un poco más, la inclinación se hizo más pronunciada. La mano que tenía en su muslo se deslizó, y su espalda formó un arco perfecto bajo la tenue luz. La nuca, con algunos mechones escapándose del moño, quedó expuesta. Abajo, él no se movió, mantuvo la misma posición contra la pared, pero sus ojos siguieron cada centímetro que ella recorría al bajar. El chorro de agua seguía cayendo, creando un charco alrededor de ellos que empezaba a rozar el borde de la alfombrilla. El ambiente en la pequeña habitación era ese: el sonido del agua y la figura de ella inclinada sobre la silueta quieta de él.

Una mujer de espaldas con la mano en la cadera

Se inclinó sobre él

Ella se movió hacia abajo, un descenso lento que la llevó desde su posición de pie hasta quedar arrodillada frente a él. El agua de la ducha ya no le caía directamente, resbalando ahora por su espalda y hombros para seguir su camino hacia el suelo. Su pelo, antes recogido en un moño, se soltó con el movimiento, y mechones oscuros y húmedos cayeron sobre su rostro y sus hombros. Él permaneció sentado en el suelo de la cabina, con la espalda apoyada contra la pared fría, observando su aproximación sin cambiar de postura. El vapor empezaba a disiparse un poco alrededor de ellos, como si la habitación contuviera la respiración. Durante un instante, su mano izquierda buscó apoyo en el muslo del hombre, encontrando el tejido áspero y mojado de sus jeans azules.

Luego, su mano derecha se cerró alrededor de su miembro. No fue un gesto brusco, sino una toma de posesión metódica, un acto que cambiaba por completo la naturaleza del espacio entre sus cuerpos. La piel contra la piel, a pesar de la película de agua que lo cubría todo, trazó una línea nueva en la habitación. Un minuto después, quizá un poco más, ella inclinó la cabeza hacia adelante. Su boca, que hasta entonces había estado en una línea neutra, se abrió ligeramente un instante antes de hacer contacto. Fue entonces cuando el primer elemento tangible, un sonido que no era agua, se disipó para siempre: el ruido de la respiración tranquila y profunda que hasta ese momento había sido el único acompañamiento al golpeteo del agua. A partir de ahí, solo quedaría un silencio denso, cargado de una atención diferente.

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Al principio Al final
Ella se arrodillaba frente a él, con el pelo deshecho cayéndole sobre los hombros. Ella mantenía la boca sobre su miembro, con el cuerpo inclinado hacia delante.
Su mano izquierda se apoyaba en el muslo de su jean azul. Su mano izquierda seguía apoyada en el mismo lugar, aferrándose al tejido mojado.
El vapor llenaba aún el espacio alrededor de sus cabezas. El vapor comenzaba a disiparse, dejando el aire más claro.
El ruido constante de la respiración llenaba las pausas del agua. Un silencio denso reemplazó el sonido de la respiración calmada.

Pasaron así los siguientes minutos, un bloque de tiempo donde los únicos movimientos fueron los mínimos e indispensables. El hombro de ella subía y bajaba con una cadencia que ya no era la de la respiración anterior. La mano del hombre, que había estado relajada sobre su propio muslo, se tensó, y los nudillos blanquearon por un momento antes de que toda su palma se apretara contra el suelo de la ducha. El agua siguió cayendo, empapando la espalda de ella y formando un charco alrededor de las piernas de él. Nada más en la habitación alteró su posición; los frascos de colores en la repisa, la esponja azul, el consolador rosado en su lugar, todo eran meros testigos estáticos de aquella transformación silenciosa que ocurrió minuto a minuto.

Se acercó a la ducha y tomó la alcachofa

Ella se puso de pie de un movimiento fluido, separándose de él. El agua ya no caía, pero la humedad persistía en el aire, pegajosa. Cruzó los pocos pasos que separaban el centro de la cabina de la pared donde colgaba la alcachofa de la ducha. Su cuerpo, visto de espaldas, ocultaba por un instante la estantería con sus botellas de colores. La alcachofa estaba fría al tacto cuando sus dedos la rodearon. El gesto fue práctico, sin vacilación, como si cumpliera con una parte de un ritual conocido. La sostuvo un momento, sin apresurarse, antes de comenzar a girar la muñeca. Un hilo de agua fría salió primero, golpeando el piso de la cabina, y luego, con otro ajuste, se transformó en un chorro templado.

Una mujer se inclina sobre un hombre que está sentado en el suelo

Lo que llegó y lo que se fue

Mientras el agua cambiaba de temperatura, ella permaneció de pie, observando el chorro. El hombre, abajo, no se movió de su posición en el suelo. Su mirada pudo seguir el recorrido del agua o pudo quedarse fija en la silueta de ella. La alcachofa, ahora manejada por ella, se convirtió en el centro de la escena. No hubo prisa en sus acciones, sino una sucesión de movimientos deliberados que marcaban el paso del tiempo dentro de aquel cuarto de baño.

Finalmente, bajó el brazo, dirigiendo el chorro hacia abajo, hacia la bañera. El agua comenzó a correr por el suelo, rodeando los pies del hombre y empapando aún más el pequeño espacio. No miró hacia atrás para comprobar el efecto, su atención estaba puesta en la tarea concreta de sostener el mango de plástico. La corrió por un instante sobre su propio muslo, un contacto rápido, casi impersonal, antes de prepararse para dar el siguiente paso. El sonido del agua al caer era el único que llenaba el silencio de la habitación.

  • Una gota de agua que resbaló por su espalda: se secó sola con el calor de la piel.
  • El olor a jabón de la esponja azul: se mantuvo flotando en el aire húmedo.
  • La sombra de los dos en la pared: se distorsionó y luego se desvaneció cuando ella se movió.
  • La sensación de la cerámica fría bajo sus pies: desapareció al pisar la alfombrilla de dibujos morados y negros.
  • El vapor residual en el espejo: empezó a condensarse en gotas que terminaron por caer.

Se sentó sobre él

Ella se alzó desde su postura inclinada sobre él. Sus rodillas se enderezaron, separándose del suelo frío. Con un movimiento fluido, bajó de nuevo, colocándose directamente sobre sus muslos. Sus manos encontraron apoyo en sus caderas, presionando la tela húmeda de sus vaqueros azules. El peso de su cuerpo se transfirió a él.

Él recibió su cuerpo. Su posición no se alteró, pero una de sus manos se elevó. Su brazo realizó un trayecto corto hasta el espacio que ella ocupaba. Su mano encontró su miembro y lo tomó con firmeza, ajustando el ángulo.

El ajuste

Ella ajustó la apertura de sus piernas, buscando equilibrio sobre sus muslos. La presión de sus manos en sus vaqueros varió con pequeños reacomodos.

Él mantuvo la firmeza en su mano. Su brazo no tembló. El movimiento era de guía, para asegurar que el siguiente acto comenzara desde el lugar correcto.

Qué hacía ella Qué hacía él
Se alzó Permaneció sentado
Bajó sobre sus muslos Recibió su peso
Ajustó la postura Levantó el brazo
Apoyó las manos en sus caderas Tomó su miembro

Después de estos ajustes, llegó un momento de quietud. Ella ya no se movía, y él ya no necesitaba guiar. Los dos cuerpos encontraron una pausa justo antes de la acción principal. La mano de ella descansaba sobre el denim mojado, y la de él cumplía su función.

Esa quietud no era vacía. Estaba llena de la anticipación de lo que iba a suceder a continuación. Nada más se movió. La mano de él se mantuvo ahí, sosteniendo, y la de ella, presionando la tela azul.

Ella abrió las piernas sobre él

Un poco después volvió a montarlo. Se colocó encima de una forma distinta, bajando el cuerpo con más lentitud, como midiendo el ángulo. Apoyó las manos en sus muslos, que estaban fríos y húmedos por el agua que había corrido por el suelo. Sus propios pies se deslizaron un poco sobre el mosaico resbaladizo, buscando un punto de apoyo más firme. Luego separó las rodillas, abriendo las piernas sobre él, y permaneció así, quieta, con la espalda muy recta. El movimiento fue pausado, casi deliberado, y no pareció buscar otra cosa que esa postura exacta. La cortina de la ducha, medio abierta, dejaba pasar una luz que se reflejaba en las gotas de agua sobre su espalda. Él mantuvo sus manos en el suelo, a los lados de su cuerpo, sin tocarla mientras ella se acomodaba.

Tras un minuto en esa posición, ella se movió. Se deslizó hacia arriba, lejos de él, y se puso de pie. Dio media vuelta, dejando su espalda hacia el hombre, y caminó los dos pasos hasta la típica tocador de madera clara. Se inclinó ligeramente hacia adelante y apoyó las palmas de las manos sobre la superficie fría de la típica. Su espalda formaba una curva suave y su pelo, todavía recogido en un moño, mostraba la nuca mojada. Desde allí, miró fijamente hacia el espejo que tenía delante, aunque el vapor acumulado había empañado el cristal y no devolvía una imagen clara. Él, en el suelo, no se levantó. Permaneció sentado, observando su espalda, con las piernas estiradas y la espalda apoyada contra la pared de la ducha. Las únicas cosas que no se habían movido en todo ese rato seguían en su sitio: el consolador rosa en el estante, la alcachofa colgada en su soporte, el pequeño ejército de botellas de colores alineadas.

Se inclinó de nuevo sobre él

Ella se bajó otra vez, las rodillas hundiéndose en la suavidad del felpudo morado y negro, y se inclinó sobre el hombre sentado en el suelo. Su espalda formaba un arco perfecto, la curva de su columna visible bajo la piel mientras se acercaba a él. Sus largos cabellos, todavía recogidos en ese moño que no se había deshecho en todo el tiempo, cayeron hacia adelante como una cortina oscura. Él permaneció inmóvil, sus piernas en vaqueros azules extendidas, y ella posó su boca en su miembro, que él mismo sostenía con una mano. No hubo prisa en el movimiento, fue algo calculado y lento, como si ya conociera cada centímetro de ese recorrido. La luz de la habitación bañaba sus espaldas, y el vapor del agua caliente que ya se había ido empezaba a disiparse contra el espejo empañado. Los frascos de colores en la repisa observaban, mudos, sin que ni una sola botella se hubiera movido de su sitio.

Ella se mantuvo así, con la boca sobre él, durante lo que pareció ser el silencio más largo de la noche. Su cabeza se movía con un ritmo pausado, casi imperceptible, y sus manos ahora descansaban sobre sus propios muslos, no sobre los de él. El hombre no alzó las manos para tocarla; sus dedos se quedaron donde estaban, uno alrededor de su miembro y el otro apoyado en el suelo, sobre el dibujo del felpudo. El chorro de agua de la ducha había dejado de correr hacía rato, pero la lecha todavía colgaba en su lugar, quieta, como esperando una señal que nunca llegó. El consolador rosa seguía en su estante, imperturbable, un testigo de color que no participaría. Minutos después, sin apuro, ella se iría hacia atrás, separándose de él, y se sentaría finalmente sobre sus piernas, con las propias abiertas, para lo que sería lo último.